“No sé si pueda seguir haciendo esto porque estoy llegando muy tarde a casa y no puedo ir a la escuela”

Sábado 25 Agosto 2018

Carlos tiene 11 años y vive cerca de Maracaibo (Venezuela), le gusta mucho estudiar, sobre todo matemáticas. Tiene rostro cansado, ropa bastante desgastada y sujeta un barreño rojo con una botella y una nevera donde guarda las arepas que le prepara cada mañana su madre para que viaje unas 5 horas hasta Maicao (La Guajira) donde vende lo que puede. “Aquí se vende de todo: agua, platanitos, pan de jamón, chicha, cigarros. Antes yo vendía en Venezuela, pero llegó un punto en que no ganaba nada, luego vine aquí y aunque tenga que pagar pasaje me quedo siempre con algo de plata,” comenta.

No hay cifras oficiales de cuántos niños y niñas cruzan la frontera solos, pero en las regiones de frontera, como esta vez en La Guajira, hay muchos niños y niñas como Carlos que deambulan bajo el imponente sol para ganarse algo que llevar de regreso a casa. Esto es solo un caso de cómo la crisis de Venezuela está poniendo en riesgo a la niñez de toda una generación en Venezuela.

Carlos se muestra reflexivo y empieza a contar sobre su casa: “Vivo con mi mamá y con mi nuevo hermano y todos nos dedicamos a lo mismo, a vender empanadas de carne en la frontera”. Un día en su vida se resume en levantarse a las 6 de la mañana, comer algo y prepararse para el viaje hasta Colombia. “Hoy me levanté, me cepillé, comí y me vine para acá. Normalmente me vengo con mis amigos que tienen 14 años y mucha otra gente que viene a vender pidiendo aventón. Eso es lo más difícil para mí, pero toca porque el pasaje es muy caro y no me gusta venirnos tarde porque así no vendo casi nada”, dice.

Cada día, tras una larga jornada, Carlos recuenta su pequeño botín en el bolsillo, que a veces puede llegar a los mil bolívares (casi 12.000 pesos) y a las 10 de la noche suele emprender el camino a casa a la que llega a las 12. El cansancio habla por él cuando confiesa que no sabe cuánto tiempo podrá aguantar esta vida: “Llevo un mes haciendo esto, pero no sé si pueda seguir porque estoy llegando muy tarde a la casa y no puedo ir a la escuela.”

Mira a sus otros compañeros de viaje que están cerca comiendo algo antes de empezar la venta, y cuenta que de mayor le gustaría tener carros y trabajar en ellos como conductor. Carlos termina pensando en ese futuro volteando la cabeza hacia el lado venezolano: “Me gustaría que mi país se arreglara un poco, que dejen de aumentar el precio las cosas y que no haya basuras por los lados.”

Save the Children está respondiendo a la crisis de Venezuela trabajando por los derechos de protección, educación y acceso al agua de cientos de miles de niños, niñas y adolescentes, y sus familias procedentes de Venezuela.

*Los nombres fueron sustituidos para mantener la privacidad de las personas entrevistadas.

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