"Con una mano adelante y otra atrás"

Miércoles 6 Noviembre 2019

Angélica es licencia en filosofía y tiene una gran experiencia laboral en petroleras y en la docencia, sin embargo, esto no le alcanzó para sobrevivir en su país y tuvo que migrar a Colombia.

Padece de artritis reumatoide y en Venezuela ya no encontraba sus medicamentos, así que tuvo que migrar en busca de una mejor calidad de vida y un tratamiento médico urgente, tras 17 años de convivir con la enfermedad. A su llegada a Colombia la depresión de los primeros días se adueñó de ella, pero con el apoyo de su madre fue olvidando su tristeza y con el pasar del tiempo y de nuevas ocupaciones en la comunidad ahora nota el cambio en su estado de ánimo, incluso en su estado físico.

La historia de Angélica en sus propias palabras

“Antes de que empezara la crisis en Venezuela, tenía una vida normal. Contaba con acceso a los servicios de salud y los servicios públicos no eran tan decadentes y caóticos como actualmente están. A parte de mi experiencia en filosofía y petroleras, también trabajé durante tres años como docente. Durante el tiempo que me he desarrollado como profesional, y por más de 17 años me ha acompañado una artritis reumatoide que, con la falta de medicamentos y atención médica, se me fue agravando al punto de tener que salir de mi país”, cuenta Angélica de 30 años.

Ver a otros pacientes morir por la prohibición de venta de los medicamentos y el costo de estos mismos, llevó a que la artritis se apoderara aún más del cuerpo de Angélica y a que así mismo se le cerraran varias puertas.

“Ahí fue cuando mi mamá me dijo que nos íbamos para Colombia y así evitar que me muriera allá. Yo estaba bastante triste, pero no había forma de sobrevivir en Venezuela. En mi país dejamos todo, en ese entonces mi mamá ganaba más que yo y eso alcanzaba para un kilo de arroz. La situación era bastante difícil”, recuerda Angélica.

Venta de desayunos y tejido de chinchorros era el sustento de la madre de Angélica para ayudar a su hija, y aún más por el valor cultural que tiene esta comercialización en frontera. “Dejé mi familia y amigos, eso me costó mucho, dejar las raíces y la comodidad de mi casa. Aunque las cosas eran apuradas y apretadas ahí las teníamos. No tanto, a lo material sino al ambiente familiar”, agrega.

Su llegada a Maicao, según cuenta, fue un sacudón al no creer que había salido de su país con una “mano adelante y una atrás”. “No teníamos donde dormir, vivir, comer, no teníamos absolutamente nada. Llegamos donde una tía, pero no me quería quedar en la casa de nadie porque me daba pena. yo buscaba alquilar un cuarto por el momento, pero mi madre decía que no porque ese dinero nos servia para alimentarnos”, expresa Angélica.

En vela, esta mujer venezolana pasaba las noches en Maicao mientras la tristeza la iba agobiando y el extrañar a su país. “Me dolía profundamente haberme marchado y pensar en la situación que estaban pasando mis amigos. Aquí, aunque hay cosas similares, también hay cosas muy diferentes que hacen distinto la estadía”, apunta.

Día a día, Angélica empezó al trabajar haciendo desayunos y otras comidas que vendía en la mañana y noche. Chuzos, gaseosas, dulces, arepas y demás cosas son las que le daban un sustento económico a Angélica para así pagarse sus medicamentos.

“Había momentos en los que me sentaba a llorar y decía: Dios mío, ¿qué es esto?, ¿a dónde hemos llegado?. Deje de comer y me comenzó a afectar el estreñimiento junto a la artritis. Antes de que las organizaciones como Save the Children nos empezaran a apoyar había mucha xenofobia, no querían atender a los venezolanos y, si nos atendían, nos cobraban mucho. No era un mismo trato para todos. Con el tiempo nos fuimos organizando en comunidad y estableciendo una junta de acción comunal”, cuenta.

“Ya no tenemos que caminar hasta el monte para conseguir agua. Además, la organización nos ha brindado espacios que se han convertido en refugio de la crisis”, cuenta Angélica.

Para ella, Save the Children ha sido una “bendición” porque les ha recordado a los niños que son niños y no adultos pese a las dificultades a las que se han tenido que enfrentar.

“La organización le recuerda a los niños, niñas y adolescentes que deben disfrutar de sus derechos, les ha devuelto ese espíritu. Cuando nosotros llegamos los niños y niñas tenían un pésimo vocabulario y conductas que eran sombra de la migración. Ahora, eso ya se les ha ido y están tan bien ahora, aprenden, saben que es un valor, sus derechos. Cuando les hacen preguntas se animan a contestar, y cuando alguien también quiere vulnerarlos buscan ayuda. Se está logrando un gran cambio para su futuro, devolverles ese espíritu y que tengan otra mirada en la educación. Es maravilloso ver ese progreso en ellos. Muchos de los niños que empezaron en los espacios amigables ahora están en el comité de jóvenes”, expresa con alegría Angélica, que es parte del comité de protección de la comunidad.

“Mi labor es velar por el cuidado de los niños, niñas y adolescentes, por la protección de ellos. En la comunidad se ve que sus derechos no sean vulnerados sino que estén por encima. Que sus padres también entiendan eso, se habla con la comunidad sobre los temas. Todos participan en las diferentes actividades”, explica.

Angélica cuenta que su deseo es quedarse en Colombia, en el país que le “abrió las puertas” y siente que puede contribuir mucho. “Quiero sembrarme aquí. En diez años espero estar estable con un empleo y mi familia, y seguir dando desde lo que yo sé a la comunidad para que esta comunidad pueda ser mejor”, concluye.

Contexto e Información del proyecto

Maicao es un municipio colombiano ubicado en el centro-este del departamento de La Guajira, debido a su punto estratégico por muchos años ha sido un puente entre Venezuela y Colombia, y una puerta hacia el intercambio comercial y cultural.

Es conocida con el apelativo “Vitrina Comercial de Colombia” a razón de la prosperidad económica que experimentó en la década de 1980, al establecer un amplio mercado abastecido por productos importados de Venezuela. También de poseer una diversidad demográfica constituida por habitantes de los pueblos indígenas Wayuú y Zenú; y además de aglutinar una gran colonia de musulmanes procedentes de Oriente Medio, en su mayoría libaneses.

Sin embargo, desde 2010, empezó la migración más fuerte desde la crisis en el vecino país. Según el estudio de Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento/Banco Mundial, Migración desde Venezuela a Colombia: impactos y estrategia de respuesta en el corto y mediano plazo, Colombia enfrenta un movimiento migratorio sin precedentes, motivado principalmente por la crisis económica, política y social que atraviesa Venezuela. Históricamente, Colombia ha sido un país con altos niveles de emigración, siendo Venezuela uno de los principales destinos migratorios de colombianos.

Aproximadamente 1.235.593 personas con intención de permanencia han ingresado a Colombia desde Venezuela, incluyendo colombianos retornados y migrantes regulares e irregulares, además de número importante de migrantes pendulares y en tránsito hacia otros países. Se estima que para septiembre de 2018 habrían retornado más de 300 mil colombianos desde Venezuela, unos 468.428 venezolanos estarían con un estatus migratorio regular en el país, mientras que 361.399 estarían en proceso de regularizar su estadía.

Desde Save the Children Colombia, contamos con la atención a emergencia en la gestión de casos que busca brindar una atención individual en prevención y atención a riesgos psicosociales y riesgos de desprotección para niños y niñas que están en condición de migrantes desde febrero de 2019 con enfoques en salud, violencia, abuso físico, verbal y emocional.

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