Juliana, una venezolana que trabaja por la integración social en Cúcuta

Martes 18 Septiembre 2018

En una comunidad de las afueras de Cúcuta donde viven colombianos desplazados por la violencia, desmovilizados y migrantes retornados y venezolanos, Juliana trata de usar su experiencia de migración para integrar a través del respeto y el ejemplo. Lleva desde hace 8 meses en Colombia y actualmente participa con la Pastoral Social como integradora social.

Este trabajo le encanta porque le hace recordar la carrera que la situación de su país le impidó terminar. Juliana quería ser comunicadora, le fascina leer y ahora quiere encontró en este nuevo papel, una forma de poner en práctica todo lo que sabe al servicio de la comunidad.

Juliana es la más pequeña de dos hermanos. En Venezuela, se quedó otro hermano que están en el ejército. Su mamá trabajaba en un restaurante que a la vez era su casa. A su papá solo lo veía una ver al año porque estaba casi siempre viajando por trabajo, fue su mamá quién tomó la decisión de venir a Colombia cuando entró en depresión al ver que su hermana tuvo que emigrar a Chile. Esto unido a las necesidades que estaban pasando y que no les dejaban ver a su hermano, les empujaron a tomar el camino hacia la frontera.

“Yo quedé sola un tiempo porque no quería dejar mis estudios y mi mamá se vino hace un año. Después me enfermé y me di cuenta que no sabía vivir sin mi familia”, explica Juliana. Ella estaba acostumbrada a vivir sin su papá pero con su mamá no era tan fácil, aunque solían hablar cada día, eso no fue suficiente: “Como teníamos la costumbre de hablar todo el tiempo caí en depresión”, confiesa.

El viaje hasta acá no fue fácil. Juliana tuvo que hacer el viaje sola y esperó hasta dos semanas para comprar el pasaje. Una vez que llegó el día tuvo que esperar casi cuatro horas para emprender el camino. Recuerda que al lado suyo había una madre con su niña pequeña con la cual compartió algo de comida que tenía preparada para el viaje. Además, el bus era una “decepción”. No le faltaba razón porque un poco después, se estrelló en un accidente en el camino. Cuando llegó a San Cristóbal (el último municipio venezolano antes de cruzar la frontera) no la querían embarcar para San Antonio porque decían que no había buses. “Me toco pagar el triple para que un carrito me llevara hasta la frontera y cuando entré a la frontera ya había alguien esperándome allá”, cuenta.

Una vez que se reencontró con su mamá, no acabaron los problemas. La adaptación al nuevo clima le dio muy duro. “Lo primero que noté de aquí fue un calor horrible, ya que este no era mi estado, aunque me costó adaptarme lo hice porque estaba con mi mama y eso es lo más importante”, explica.

Una tarde Juliana estaba con su mamá esperando a que le pagaran el salario de un restaurante donde su mamá trabajaba. Entonces una chica muy bonita se sentó a su lado y preguntó de dónde venía, cuando le dijo que era venezolana le ofreció un trabajo que ella no estaba dispuesta a aceptar.

Otra cosa que le daba miedo de llegar acá es que es “una persona que dialoga mucho” y su mamá le dijo que, si hablaba con cualquier persona, como venía de otro país, le podía pasar algo malo. A veces se muestra agobiada por esta situación porque no puede hacer amigos y siente que está como en una “burbuja. Un día descubrió el proyecto que había en la comunidad y no lo dudo. “Empecé a dialogar y era más yo que el miedo, así que hice amistades, a salir con mis compañeras, conocer más personas y lugares”, explica emocionada.

Además, sabe lo que es sentirse diferente en una tierra que no es la tuya y cómo a veces la tratan mal por ser venezolana. Cuenta en una ocasión que tenía que llevarle una plata a mi hermano, unos policías colombianos le jaló la maleta porque iba por el camino equivocado para cruzar a Venezuela. “Me preguntó si sabía leer. Yo me disgusté y le pedí que fuera decente y no me lastimara, porque no me molestó que me dijera que fuera por el otro lado sino la forma en la que me dijo,” cuenta. Después, la llevaron a migración y le hicieron varias preguntas. La dejaron ir gracias un buen hombre que la supo escuchar. Sin embargo, a la vuelta el mismo policía le pidió la tarjeta de ingreso, y le escaneó el pasaporte como 8 veces”.

Juliana llevaba 4 semestres en la universidad de comunicación social, y ahora le está siendo muy difícil retomar sus estudios en Colombia. “Cuando decidí venir para acá en la universidad no me dejaban congelar la carrera por falta de recursos”, dice. Su sueño es poder ejercer su profesión y poder trabajar con niños y niñas, pero para eso tiene que superar varios retos como convalidar su título universitario. “Quiero seguir estudiando mi carrera aquí para ejercerla. Sin embargo, me piden que apostille todos mis documentos para poder solicitar el cupo. El único problema es que ese es uno de los trámites que más cuestan en mi país porque para apostillar se tiene que pagar en dólares”, comenta.

Su nuevo papel en la comunidad le llena de ilusión. “Sé que hago mi trabajo bien y ayudo a los que más lo necesitan”, dice. Y aún más cuando recuerda que se acuerda de su hermano. Él es su fuente de fuerza para seguir cada día. “Me veo ejerciendo mi carrera en Venezuela, ayudando a mi país y es él quien me empuja a alcanzar todos mis sueños porque si caigo yo, caemos todos”, confiesa.

 

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